La tarde siguiente, Valeria buscó a Isabella en la pequeña cafetería donde solía ir por las tardes. Sin rodeos, se sentó frente a ella y dejó caer una fotografía antigua sobre la mesa de madera. En la imagen, de hace más de veinte años, se veía a un Alejandro joven junto a una mujer de rostro amable: era la madre de Isabella. Valeria miró a Isabella a los ojos, sin una pizca de compasión. —Alejandro se acercó a ti por una razón. Tu familia destruyó la suya. Isabella sintió que el aire se le escapaba del pecho. Tomó la fotografía con manos temblorosas, sintiendo cómo el frío le recorría la espalda. —Eso es mentira… —susurró, aunque en el fondo comenzó a temer que no lo fuera.
Ese mismo atardecer, Isabella lo esperó en la terraza donde se habían citado unas semanas antes. El sol se ocultaba lentamente tras los edificios, tiñendo el cielo de naranja y violeta, pero ella no sentía nada más que un frío doloroso en el pecho. Cuando Alejandro llegó, se detuvo a unos pasos de ella, sin atreverse a acercarse. —Dime que no es verdad —le pidió ella con voz quebrada—. Dime que no te acercaste a mí para vengarte de mi familia. Alejandro bajó la mirada. Guardó silencio durante lo que pareció una eternidad, y cuando alzó los ojos, había en ellos una tristeza profunda y sincera. —Al principio, sí —admitió con dificultad—. Pero después… me enamoré de ti.
Esas palabras dolieron más que cualquier mentira. Isabella retrocedió, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Todo lo que habían vivido, cada mirada, cada palabra dicha bajo la lluvia… ¿había empezado como una farsa? Alejandro dio un paso hacia ella, intentando explicar que todo había cambiado, que lo que sentía era real, pero en ese momento su teléfono vibró sobre la mesa. Isabella vio la pantalla iluminarse justo cuando él intentó ocultarlo. El mensaje era de su padre: «Si le cuentas la verdad sobre el accidente, descubrirá quién tuvo realmente la culpa». Isabella se quedó helada. Alzó la vista hacia él, con los ojos llenos de lágrimas y miedo. —¿Qué accidente, Alejandro? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Qué le pasó a mi padre? Alejandro la miró, y en sus ojos no había ya rastro de esperanza, solo un terror silencioso que lo dijo todo.