Parte 2: La boda
Días después, Isabella cruzó las puertas de uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad. Llevaba en sus manos un sobre importante que debía entregar a una clienta que asistía a la ceremonia que allí se celebraba. No tenía idea de quién era el novio, ni qué destino le tenía preparada esa tarde. Al entrar al gran salón decorado con flores blancas y luces doradas, su respiración se detuvo por completo. Allí, junto al altar, con un esmoquin impecable y el rostro serio, estaba Alejandro. A su lado, una hermosa mujer de vestido blanco sostenía su brazo. Isabella sintió que las piernas le fallaban. Se quedó inmóvil entre la multitud, diciéndose a sí misma que no podía ser real, que aquel hombre que la había mirado con tanta ternura bajo la lluvia estaba a punto de pertenecer a otra persona. «No puede ser… es él», susurró con un hilo de voz, mientras el sobre en sus manos se apretaba con fuerza. En ese instante, Alejandro levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de ella. La sonrisa forzada que había mantenido durante toda la ceremonia desapareció de golpe, reemplazada por una expresión de alarma y angustia que solo Isabella pudo notar.
Valeria, su prometida, percibió de inmediato el cambio en él. Siguió la mirada de Alejandro hasta llegar a Isabella, que permanecía de pie a lo lejos, sintiéndose como una intrusa en su propia desgracia. —¿Quién es esa mujer? —preguntó Valeria con voz firme, aunque con un deje de desconfianza que no pasó desapercibido. Alejandro tardó unos segundos en responder, y cuando lo hizo, sus palabras cayeron sobre Isabella como un golpe inesperado. —Alguien que no debería estar aquí —dijo con frialdad, como si aquel encuentro bajo la lluvia jamás hubiera ocurrido. Isabella escuchó cada palabra con claridad absoluta. Sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos, ardiendo con rabia y dolor. No esperó un segundo más. Dio media vuelta, ocultando su rostro con dignidad, y caminó rápidamente hacia la salida, sintiendo que se marchaba de allí con el corazón otra vez destrozado.
No había llegado aún a las puertas principales cuando escuchó pasos apresurados detrás de ella y la voz de Alejandro llamándola por primera vez por su nombre. —¡Espera! ¡No te vayas! —le pidió, alcanzándola justo antes de que ella saliera al exterior—. ¡Este matrimonio no es lo que parece! Pero desde el umbral del salón, Valeria los observaba en silencio, con los labios apretados y una expresión de fría determinación en el rostro. Sacó su teléfono móvil con lentitud, como si ya supiera exactamente qué hacer. Mientras Alejandro intentaba explicar la verdad a Isabella, Valeria se dijo a sí misma con una frialdad aterradora: «Si él quiere perderlo todo por ella, me aseguraré de que nunca puedan estar juntos».