Elena entró en la joyería con el collar antiguo apretado entre las manos. Se acercó al mostrador, con el rostro marcado por el cansancio y la preocupación.
—Buenas tardes. ¿Cuánto me da por este collar? Necesito comprar comida para mi bebé —dijo con voz humilde.
El joyero tomó la pieza y la examinó despacio con su lupa.
—Por este collar puedo darle cincuenta dólares —respondió con seriedad.
Elena miró el collar por última vez y asintió con tristeza.
El joyero le entregó el dinero. Ella lo guardó en su bolso gastado y salió de la tienda, aliviada por el momento.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, el joyero volvió a observar el collar. Al darle la vuelta, descubrió un sello grabado en la parte posterior. Abrió los ojos sorprendido y susurró:
—No puede ser… ¡estas son las iniciales de la familia de Javier!
Sacó rápidamente su teléfono y llamó.
—¡Javier, tienes que escucharme! Creo que encontramos a tu hermana desaparecida.
Mantuvo el collar frente a sus ojos mientras esperaba la respuesta. Del otro lado de la línea, la voz de Javier sonó alterada:
—¿Qué acabas de decir? ¿Estás seguro?
—El collar tiene el sello de nuestra familia. La mujer que lo trajo se llama Elena —le explicó el joyero, emocionado.
Hubo un breve silencio, y luego la voz de Javier salió quebrada:
—¡Encuéntrala! Llevo veinte años buscándola…
El joyero miró hacia la puerta por donde Elena se había marchado.
(Voz en off)
«Elena solo quería alimentar a su bebé… pero acababa de descubrir una verdad capaz de cambiar su vida para siempre. La segunda parte está en el primer comentario.»