La luz tenue de las lámparas del bar‑despacho bañaba solo el centro de la mesa, mientras las esquinas del local quedaban sumergidas en sombras profundas. El ruido de las copas y las conversaciones lejanas casi no se escuchaba en aquel rincón apartado.
Alejandro caminó despacio, de espaldas por un momento, hasta la silla y se sentó. Sobre la madera había una pila de documentos ordenados, y al otro lado estaba la mujer, con una copa de vino tinto entre los dedos. Sus ojos no delataban ninguna emoción.
—¿Has arriesgado años de lealtad solo por una cifra en un papel? —preguntó Alejandro, con la voz grave y cansada.
Ella movió apenas la copa, sin beber, y respondió con calma y frialdad:
—No es una cifra, Alejandro, es el precio de tu libertad. Si no firmas esta noche, toda la verdad sobre tu pasado saldrá a la luz mañana mismo, y nada podrá detenerla.
Alejandro se puso de pie de golpe. Con un gesto firme apartó los documentos hacia el lado de ella, sin mirarlos más.
—Quédate con el dinero. Yo prefiero mi conciencia.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, perdiéndose poco a poco entre la penumbra del local.
(Voz en off)
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