En un exclusivo puerto privado, rodeado de vehÃculos de alta gama, restaurantes de lujo y enormes embarcaciones, un impresionante yate blanco permanecÃa anclado frente al muelle.
La embarcación era tan lujosa que llamaba la atención de todos los que pasaban por allÃ.
Junto al yate se encontraba un joven de unos 28 años, vestido con ropa de diseñador, gafas de sol y una actitud de absoluta superioridad. Estaba convencido de que aquel era su momento para presumir.
Mientras hablaba por teléfono, vio acercarse a otro joven.
El recién llegado vestÃa una camiseta blanca sencilla, pantalones cortos beige y un reloj plateado. No llevaba cadenas, ropa extravagante ni accesorios llamativos.
El joven presumido terminó su llamada y lo observó de arriba abajo.
Sonrió.
ParecÃa haber encontrado a alguien a quien podÃa hacer sentir inferior.
—Mira esa joya —dijo señalando el enorme yate—. Seguro en tu vida habÃas visto algo tan caro de cerca.
El otro joven miró la embarcación tranquilamente.
—Es bastante bonito.
El presumido soltó una carcajada.
—¿Bonito? Eso es un yate de millones de dólares.
El joven de camiseta blanca lo miró con tranquilidad.
—¿Es tuyo?
El presumido levantó las gafas de sol ligeramente y respondió:
—Por supuesto que es mÃo.
Después señaló el barco con orgullo.
—¿Sabes cuánto cuesta mantener algo asÃ? Probablemente ni siquiera podrÃas pagar una noche a bordo.
El joven no discutió.
Simplemente sonrió.
Eso pareció molestar todavÃa más al presumido.
—¿De qué te rÃes?
—De nada.
—Pues deberÃas aprender a respetar las propiedades ajenas.
El joven levantó una ceja.
—¿Propiedades ajenas?
—SÃ. Mi yate.
El presumido se acercó unos pasos y añadió:
—Asà que te recomiendo que mantengas cierta distancia. No quiero que alguien como tú termine dañando algo que jamás podrÃa comprar.
El joven de camiseta blanca respiró profundamente.
No parecÃa ofendido.
Ni siquiera parecÃa molesto.
Simplemente miró su reloj.
—¿Tienes prisa? —preguntó el presumido.
—Un poco.
—¿Y hacia dónde vas?
—Precisamente hacia ese yate.
El presumido comenzó a reÃrse.
—¿Tú? ¿Al yate?
—SÃ.
—¿Y para qué?
El joven miró nuevamente hacia la embarcación.
—Tengo un viaje programado.
El presumido negó con la cabeza.
—No sé quién te crees que eres, pero nadie sube a ese barco sin mi autorización.
El joven sonrió.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
En ese momento, el presumido creyó que habÃa ganado la discusión.
Pero justo entonces, desde la cubierta del yate, apareció un hombre vestido con uniforme de capitán.
Miró hacia el muelle.
Su expresión cambió inmediatamente.
Levantó la mano y gritó:
—¡Señor! ¡Por fin llegó! ¡Estamos esperando sus instrucciones!
El presumido dejó de sonreÃr.
Miró al capitán.
Después miró al joven de camiseta blanca.
—¿A quién está llamando señor?
El capitán señaló directamente al joven.
—A él, señor.
El presumido quedó inmóvil.
—¿A él?
El protagonista caminó tranquilamente hacia el barco.
—SÃ. DÃgales que pueden preparar la salida.
El capitán respondió:
—Por supuesto, señor.
El presumido se quitó lentamente las gafas de sol.
Ahora estaba completamente confundido.
—Espera… ¿tú conoces al capitán?
El joven se detuvo.
Giró lentamente hacia él.
—No solamente conozco al capitán.
Hizo una breve pausa.
—Conozco a toda la tripulación.
El presumido tragó saliva.
—Entonces… ¿quién eres?
El joven sacó las llaves del yate de su bolsillo.
Las hizo sonar suavemente mientras sonreÃa.
—Soy el propietario.
El presumido miró las llaves.
Después miró el enorme yate.
Finalmente bajó la mirada, avergonzado.
—Pero… yo pensé que era mÃo.
El protagonista sonrió.
—Ese fue precisamente tu problema.
—¿Qué problema?
—CreÃste que tener un poco de dinero te daba derecho a mirar a los demás por encima del hombro.
El presumido no supo qué responder.
El protagonista se acercó a él y añadió:
—Nunca confundas aparentar riqueza con tener clase.
Luego se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el yate.
El capitán abrió la puerta para recibirlo.
Antes de subir, el protagonista se detuvo y miró una última vez al joven presumido.
—Y recuerda algo: un barco puede costar millones… pero el respeto no se compra.
El presumido permaneció completamente en silencio mientras veÃa alejarse el yate.
Moraleja
Nunca juzgues a una persona por su ropa, su apariencia o por lo que aparenta tener. La verdadera grandeza no está en presumir lo que posees, sino en la humildad con la que tratas a quienes no tienen lo mismo que tú.
Porque muchas veces, la persona que menos presume es la que más tiene para demostrar.