Roberto había trabajado durante años para convertirse en un hombre de éxito. Tenía una empresa en crecimiento, buenos contactos y una vida que, desde afuera, parecía perfecta.
Pero aquella noche estaba a punto de demostrar que podía tenerlo todo y, al mismo tiempo, haber perdido lo más importante.
—¿A dónde crees que vas vestida así? —preguntó Roberto al ver a Elena salir de la habitación.
—A la cena de la empresa. Tú mismo dijiste que era importante. Me puse el vestido que usé cuando abrimos nuestro primer local. ¿Te acuerdas? Pensé que nos traería suerte.
Roberto la miró de arriba abajo y soltó una risa despectiva.
—¿Suerte? Elena, eso no trae suerte. Eso trae lástima. No vas a ir.
Ella quedó sorprendida.
—¿Por qué? Soy tu esposa.
—Precisamente por eso deberías entenderlo. Mírate las manos. Están llenas de marcas de tanto trabajar y limpiar. Y ese vestido… parece sacado de otra época. Esta noche habrá inversionistas, empresarios y gente importante. No quiero que piensen que sigo viviendo como antes.
Elena bajó la mirada hacia sus manos.
—Yo estuve contigo cuando no teníamos nada.
—Y ahí te quedaste —respondió Roberto con frialdad—. Yo ya salí de ese nivel. No voy a permitir que tu apariencia arruine mi imagen.
Elena respiró profundamente.
—Cuando empezamos, cargábamos cajas juntos. Vendíamos comida en la calle. Yo trabajaba contigo hasta tarde y guardaba cada peso que podíamos ahorrar.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—No para mí.
Roberto tomó su saco y se dirigió hacia la puerta.
—Quédate aquí. Y no me esperes despierta.
Elena lo observó marcharse sin decir una palabra.
En la cena, Roberto llegó acompañado de una mujer elegante.
Ella lo tomó del brazo y sonrió.
—Cariño, te ves mucho mejor sin esa mujer. Me alegra que la hayas dejado en casa.
Roberto sonrió orgulloso.
—Uno tiene que saber qué imagen mostrar en público.
Mientras hablaba, apareció Don Jorge, el empresario que años atrás había ayudado a Roberto cuando apenas comenzaba.
—Roberto, qué bueno verte. ¿Y dónde está Elena? No la veo contigo.
Roberto respondió rápidamente:
—No pudo venir. Se sintió indispuesta. Además, usted sabe… ella no se siente cómoda en este tipo de ambientes. Le falta un poco de roce social.
La acompañante intervino:
—Roberto necesita a alguien que esté a su altura.
Don Jorge dejó de sonreír.
Miró fijamente a Roberto durante varios segundos.
—¿A su altura?
Roberto comenzó a sentirse incómodo.
—Sí, señor.
Don Jorge dejó lentamente su copa sobre la mesa.
—Lo que tú tienes, Roberto, no es altura. Es memoria corta.
La conversación alrededor comenzó a apagarse.
—Cuando llegaste a mi oficina para pedirme un préstamo —continuó Don Jorge—, no tenías dinero, ni contactos, ni siquiera garantías suficientes.
Roberto tragó saliva.
—Don Jorge, eso fue hace años…
—Lo recuerdo perfectamente.
Don Jorge señaló a Roberto.
—¿Sabes por qué decidí confiar en ti?
Roberto permaneció en silencio.
—Porque vi a tu esposa embarazada, con los zapatos rotos, entrar a mi oficina junto contigo. Mientras tú hablabas de negocios, ella abrió su bolso y sacó los ahorros que había conseguido vendiendo comida.
Roberto bajó la mirada.
—Ella puso todo lo que tenía para ayudarte a conseguir aquella garantía.
Don Jorge hizo una pausa.
—Tú no construiste solo esa empresa, Roberto. Ella también la construyó contigo.
La acompañante dejó de sonreír.
Entonces Don Jorge tomó una carpeta que tenía sobre la mesa.
—Esta noche pensaba anunciar que serías mi socio principal.
Roberto levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Socio principal?
—Sí. Pero acabo de cambiar de opinión.
Roberto palideció.
—¿Por qué?
Don Jorge cerró la carpeta.
—Porque un hombre capaz de avergonzarse de la mujer que estuvo a su lado cuando no tenía nada, también es capaz de traicionar a su socio cuando aparezca una oportunidad mejor.
Roberto intentó acercarse.
—Don Jorge, por favor…
—El trato queda cancelado.
Todos quedaron en silencio.
Don Jorge se inclinó ligeramente hacia él y dijo:
—Regresa a casa, Roberto. Mira esas manos que tanto te avergonzaban. Recuerda todo lo que hicieron por ti. Y si todavía te queda algo de dignidad, pídele perdón.
Roberto quedó completamente paralizado.
Por primera vez en muchos años, comprendió que había confundido éxito con superioridad.
Mientras los invitados comenzaban a alejarse, Roberto miró hacia la puerta.
La mujer que había llevado como acompañante ya no estaba a su lado.
Y Elena, la mujer a la que había querido esconder, era precisamente la persona que había demostrado tener más valor que todos ellos.
Moraleja
Nunca te avergüences de las personas que estuvieron contigo cuando no tenías nada. Porque el dinero puede cambiar tu vida, pero olvidar quién te ayudó a construirla puede hacerte perderlo todo.