Era casi medianoche cuando Andrés, un joven de 28 años, estaba solo en su departamento editando un video.
La habitación estaba completamente vacía. Solo se escuchaban el sonido del teclado, el ventilador de la computadora y una música tenue que salía de sus audífonos.
Andrés llevaba varias horas trabajando frente a sus dos monitores.
De repente…
¡PIIIIIIP!
Un pitido agudo atravesó la habitación.
Andrés se quitó uno de los audífonos.
—¿Qué fue eso?
La pantalla principal comenzó a parpadear.
El programa de edición desapareció.
En su lugar apareció una imagen en blanco y negro.
Andrés tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.
Era una grabación de la habitación.
Pero había algo imposible.
La cámara estaba colocada detrás de él.
En la pantalla podía verse perfectamente su espalda mientras trabajaba frente a la computadora.
Andrés miró hacia la cámara.
Luego miró detrás de él.
No había ninguna cámara.
—¿Qué…?
Se levantó rápidamente.
Revisó el escritorio.
Nada.
Miró debajo de la mesa.
Nada.
Después observó la puerta.
Estaba cerrada.
—¡¿Hay alguien aquí?!
Silencio.
Andrés regresó lentamente frente al monitor.
La grabación continuaba.
Podía verse a sí mismo sentado frente a la computadora.
Pero entonces notó algo extraño.
En el video, detrás de su silla había una sombra.
Andrés se giró inmediatamente.
No había nadie.
Volvió a mirar el monitor.
La sombra seguía allí.
De repente, su teléfono comenzó a vibrar violentamente sobre el escritorio.
BZZZZ… BZZZZ…
Andrés lo tomó.
Había recibido un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
«NO MIRES DETRÁS DE TI.»
Andrés quedó inmóvil.
Miró lentamente hacia el monitor.
Después hacia la puerta.
Y finalmente volvió a mirar el teléfono.
Llegó otro mensaje.
Esta vez era una fotografía.
Andrés abrió los ojos completamente.
Era su madre.
Estaba dormida en su habitación.
La fotografía parecía haber sido tomada desde muy cerca.
—Mamá…
Andrés llamó inmediatamente.
No contestó.
Volvió a mirar la fotografía y comprobó la hora.
11:47 p. m.
La misma hora que aparecía en su teléfono.
—Eso… eso fue tomado esta noche.
Entonces recibió otro mensaje.
«AHORA SABES QUE NO ESTOY MINTIENDO.»
Andrés comenzó a respirar rápidamente.
—¿Quién eres?
El teléfono comenzó a sonar.
NÚMERO DESCONOCIDO.
Contestó.
—¿Quién eres?
Durante unos segundos no escuchó nada.
Entonces una voz respondió.
Una voz idéntica a la suya.
—No debiste volver aquí.
Andrés se quedó completamente paralizado.
—Yo nunca dije eso…
La grabación continuó.
—Sabías que algún día te encontrarían.
—¿Qué estás haciendo? ¿Quién eres?
No hubo respuesta.
Solo se escuchó una respiración.
Andrés miró lentamente hacia su computadora.
El monitor había cambiado otra vez.
Ahora mostraba una nueva grabación.
Era él mismo entrando al departamento.
Pero esa grabación no podía ser reciente.
Porque en el video aparecía la misma ropa que llevaba puesta aquella noche.
Andrés retrocedió.
—Esto no puede ser…
Entonces apareció una fecha en la esquina del monitor.
Tres días antes.
Y debajo apareció una frase:
«MAÑANA SERÁ DEMASIADO TARDE.»
Andrés tomó su teléfono y salió corriendo hacia la puerta.
Pero antes de abrirla…
Escuchó un golpe detrás de él.
Toc… toc… toc…
Se quedó inmóvil.
No quería darse la vuelta.
Entonces escuchó una voz muy baja detrás de su espalda.
Una voz que conocía demasiado bien.
—Andrés…
Era su propia voz.
Y cuando finalmente se atrevió a mirar…
la computadora seguía grabándolo.
Moraleja:
Nunca ignores las señales que intentan advertirte de algo. A veces, aquello que parece imposible puede ser la única pista para descubrir una verdad que alguien quiere mantener oculta.