Quisieron echar al dueño de su propia mansión (Parte 2)

El abogado abrió el maletín y colocó varios documentos sobre la mesa. El salón quedó en absoluto silencio.

La mujer del vestido negro observó al anciano con incredulidad.

—Esto es absurdo. ¿Quién es usted?

El abogado levantó la mirada y respondió con firmeza:

—La persona que tienen delante es el verdadero propietario de esta mansión.

La copa de vino cayó al suelo y el gerente dio un paso hacia atrás.

El anciano se quitó lentamente el sombrero y sonrió.

—Ahora entienden por qué les dije que estaban cometiendo un error.

El gerente bajó la cabeza.

—Señor, yo no lo sabía.

—Precisamente por eso nunca debes juzgar a alguien por su apariencia —respondió el anciano.

La mujer se acercó rápidamente.

—Espere. Creo que podemos hablar y solucionar este malentendido.

Don Esteban tomó los documentos y los guardó en la carpeta.

—Ya es demasiado tarde.

Todos los invitados se quedaron inmóviles mientras él se dirigía hacia la salida.

Antes de marcharse, se volvió y pronunció unas palabras que dejaron a todos sin aliento:

—Y lo más sorprendente es que todavía no saben quién soy en realidad.

Moraleja: La humildad no es una señal de debilidad, sino una muestra de grandeza. Quien aprende a respetar a los demás nunca tendrá que arrepentirse de sus actos.

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