El sol brillaba fuerte sobre el estacionamiento exterior del centro comercial más lujoso de la ciudad. Mateo caminaba despacio, con su camiseta gris sencilla, los jeans azules y los tenis blancos, sin prisa ni alarde, hacia el automóvil deportivo negro que estaba estacionado cerca de la entrada.
De repente, Bruno se le cruzó por delante, junto a sus dos amigos. Llevaba su camisa negra de diseñador, el pantalón elegante y el reloj dorado que no dejaba de mostrar. Se puso frente a Mateo con aire de superioridad.
—¡Oye, pobre! Aléjate de ese carro. Seguro que vienes a intentar robarlo —le gritó con tono burlón. Sus amigos soltaron la risa.
Mateo no se enfureció. Solo lo miró con tranquilidad y metió la mano en el bolsillo.
—¿Y quién te dijo que no es mío? —preguntó, mientras sacaba la llave del control remoto.
Presionó el botón. Las luces del automóvil se encendieron de golpe y resonó el sonido claro del desbloqueo.
Bruno se quedó helado.
—¡Mentira! Ese carro no puede ser tuyo —dijo, sin creer lo que veía.
En ese momento se acercó el oficial de seguridad, con su uniforme oscuro, y habló con mucha cortesía:
—Señor Mateo, ¿necesita que lo acompañe hasta su vehículo?
Los ojos de Bruno se abrieron muy grandes. Sus amigos dejaron de reírse y se miraron entre sí, avergonzados.
Mateo tomó la manija y abrió la puerta del auto.
Bruno bajó la cabeza y habló con voz baja:
—Perdóname, Mateo. Te juzgué solo por cómo vestías y me equivoqué.
Mateo lo miró con serenidad, sin rencor.
—Nunca juzgues a nadie por su ropa. Aprende a respetar antes de hablar.
Subió al automóvil, cerró la puerta y se sentó al volante. Bruno y sus amigos se quedaron quietos en el estacionamiento, sin decir una palabra.
«Las apariencias engañan. El verdadero valor está en el carácter, no en la ropa.»
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