En un callejón estrecho de piedra, bajo un cielo oscuro que rugía con tormenta, el hechicero Malakor alzó su báculo adornado con una piedra roja que brillaba con luz propia. Una corriente de humo negro y energía sombría envolvió por completo a Kael, golpeándolo con fuerza en el pecho. Con voz profunda y resonante, el anciano pronunció su sentencia:
—¡De día serás el hombre más hermoso del reino! ¡Pero al caer la noche, serás un monstruo!
Kael cayó de rodillas, temblando por el impacto de la magia. Cuando llegó la mañana, abrió los ojos y vio su reflejo en un charco: su rostro era perfecto, de rasgos nobles y luminosos. Los aldeanos que pasaban cerca se detenían a mirarlo, asombrados por su belleza. Pero al atardecer, corrió hacia un espejo roto en las ruinas de una casa y lo que vio lo heló de terror. Su piel se agrietaba como tierra seca, sus ojos se hundían y perdían su color, y sombras oscuras recorrían sus mejillas como cicatrices vivas.
—¡Solo quería salvar a mi madre! —gritó con voz quebrada—. ¡¿Qué me está pasando?!
Meses después, Kael, siempre con la capucha baja para ocultar su rostro al anochecer, entró en la antigua biblioteca del palacio real. Estaba llena de estanterías altas y polvorientas, iluminada únicamente por la luz parpadeante de las velas. Entre los libros y pergaminos, encontró un retrato olvidado de un rey de tiempos antiguos. Al mirarlo de cerca, sintió que el corazón se le detenía: aquel rey tenía exactamente el mismo rostro monstruoso que él llevaba cada noche. En el marco de madera oscura había tallado un símbolo que él también llevaba marcado en el pecho desde que era niño.
De pronto, las enormes puertas de roble se abrieron de golpe. Allí estaba la Reina, con vestido azul oscuro y cabello plateado, mirándolo con ojos muy abiertos y expresión de profunda angustia.
—Ese rostro… —susurró ella—. Mi padre sufrió la misma maldición.
Kael se giró lentamente hacia ella, con la capucha aún puesta. La Reina se acercó despacio y sacó de su cuello un medallón antiguo que brilló tenuemente al contacto con el aire. Tenía grabado el mismo símbolo del retrato. Con voz apenas audible, reveló la verdad que nadie se había atrevido a decir en siglos:
—Y el hechicero que lo maldijo… era el hermano del rey.
Kael retrocedió horrorizado, comprendiendo que no era una víctima al azar, sino parte de una historia familiar que se repetía generación tras generación. En ese momento se escuchó un golpe seco y fuerte contra la puerta, como si algo inmenso la empujara desde afuera. Una sombra gigantesca se proyectó sobre las paredes, y una voz grave y antigua resonó en toda la habitación:
«La sangre que maldicen… también puede romper el hechizo. Pero a un precio que ninguno se atreve a pagar.»