Daniel estaba preparando el desayuno cuando su novia entró en la cocina con una enorme sonrisa y una carpeta en la mano.
—¡Por fin me ascendieron! Ahora ganaré 10,000 dólares al mes.
Daniel sonrió y respondió:
—Felicidades, mi amor. Yo también quería decirte algo.
Pero ella lo interrumpió de inmediato.
—No necesito felicitaciones. Por fin podré irme de esta casa. Seamos sinceros, Daniel, nunca estuviste a mi nivel. Yo merezco algo mejor. Así que esto se terminó.
Sin decir una palabra más, tomó su bolso y salió por la puerta.
Daniel apagó la estufa, miró la sartén y sonrió.
—Qué lástima. No me dejó terminar de hablar. A mí también me ascendieron… y ahora soy su jefe.
Al día siguiente, la mujer llegó al taller con la cabeza en alto, convencida de que su nueva vida apenas comenzaba.
Una compañera se acercó para felicitarla.
—¡Enhorabuena por el ascenso!
—Gracias, pero no me hables si no es importante —respondió ella con arrogancia.
Pocos segundos después, se encontró cara a cara con Daniel.
—Necesito pedirte un favor —dijo ella—. Nunca le cuentes a nadie que fuimos pareja.
Daniel sonrió mientras se limpiaba las manos.
En ese momento, todos los empleados se pusieron de pie.
Entonces, el director de la empresa apareció y anunció:
—A partir de hoy, Daniel será el nuevo gerente general de la compañía.
La mujer se quedó paralizada.
Y lo peor estaba por llegar. Daniel sería la persona encargada de evaluar su desempeño.