En la recepción de una de las empresas más imponentes de la ciudad, con pisos de mármol y paredes de cristal, una joven permanecía de pie frente al mostrador. En sus brazos sostenía con ternura a su pequeño bebé, envuelto en una manta suave. No había llegado para causar problemas; solo buscaba una oportunidad. Pero antes de que pudiera explicar nada, una mujer de traje impecable se acercó con paso rápido y una expresión de puro desprecio.
—¡Quítate de aquí, ridícula! —le gritó, lo suficientemente fuerte como para que todos en la sala la miraran.
Desde detrás del escritorio principal, un hombre de traje oscuro observó la escena con frialdad. Se puso de pie y señaló la puerta con brusquedad.
—Das lástima usando al niño como excusa —le dijo con voz cortante—. Aquí no contratamos problemas. No tenemos tiempo para quien no puede dedicarse al cien por ciento. ¡Recoge tus cosas y lárgate!
La joven dio un paso hacia atrás, abrazando con más fuerza a su pequeño como si quisiera protegerlo de aquellas palabras hirientes. El hombre hizo un gesto impaciente con la mano, ordenándole que se marchara ya. Ella no dijo una palabra en ese instante, pero alzó la vista y lo miró a los ojos con una indignación silenciosa, digna y firme, como quien sabe que la verdad no necesita gritar para ser escuchada. Solo entonces, con la cabeza en alto, comenzó a caminar hacia la salida, sin saber que muy pronto ambos se arrepentirían profundamente de haberla juzgado.