La mañana transcurría con prisa en la entrada del gran edificio de oficinas, donde la gente iba y venía con carpetas y teléfonos en la mano. Valeria caminaba distraída, sostenía un vaso de café caliente y pensaba en la reunión que tenía pendiente. Al doblar la esquina sin prestar atención, chocó de lleno contra un hombre que avanzaba con paso firme. El vaso se inclinó y unas gotas oscuras cayeron sobre el traje azul oscuro de Adrián.
—¡Ay, lo siento! Ha sido sin querer —dijo ella, con el rostro encendido por la vergüenza y las manos temblorosas.
Adrián bajó la mirada hacia la mancha que se extendía por la tela, luego recorrió a Valeria de arriba abajo con los ojos llenos de indignación. Su reloj de lujo brilló por un instante bajo la luz del sol.
—¿Pero qué te pasa? ¡Mira cómo me has dejado el traje! —exclamó con voz elevada.
Valeria intentó volver a pedir disculpas mientras él tocaba la mancha con los dedos, comprobando que no salía fácilmente. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se frotó la ropa con gesto furioso.
—¿Tienes idea de cuánto cuesta esto? ¡Ahora tengo que regresar a casa a cambiarme y perderé una cita muy importante!
—Fue un accidente, señor. Ya le pedí disculpas —respondió Valeria, manteniendo la calma a pesar de la tensión del momento.
Adrián la miró fijamente a los ojos, sin rastro de compasión.
—La próxima vez, ten más cuidado. Por tu culpa voy a llegar tarde.
Se dio la vuelta y empezó a alejarse hacia las puertas de cristal del edificio.
Valeria se quedó sola en la acera, lo observó marcharse, se cruzó de brazos y negó con la cabeza. Creyó que ya no la escuchaba y habló para sí misma, en voz baja, con una pequeña sonrisa irónica:
—Lo que tiene de guapo lo tiene de enojado.
Adrián se detuvo de golpe, a pocos metros de la entrada. Giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Qué acabas de decir?
Valeria abrió los ojos muy abiertos, sorprendida; no esperaba que la hubiera oído.
—¿Yo? ¡Nada! —respondió apurada.
Él regresó unos pasos hacia ella, se detuvo a corta distancia y por primera vez apareció en sus labios una sonrisa enigmática que cambió por completo la expresión de su rostro.
—Entonces, repítelo mirándome a los ojos.