En la entrada de uno de los restaurantes más distinguidos de la ciudad, Mateo estaba acomodando una mesa con esmero cuando las puertas se abrieron y entró Rodrigo. Caminó con la cabeza alta, ajustándose el saco de su traje costoso, y recorrió el comedor con una mirada de superioridad, como si estuviera comprobando si el lugar estaba a la altura de sus propias expectativas. Se detuvo frente a Mateo, quien lo recibió con amabilidad.
—Buenos días, caballero. ¿En qué le puedo ayudar?
Rodrigo apenas le dirigió una mirada. Consultó su reloj dorado con impaciencia y luego lo recorrió de arriba abajo con evidente desdén.
—Vengo por la entrevista para el puesto de gerente. Con mi formación y mi trayectoria, el dueño quedará fascinado desde el primer momento. Solo espero que sepa reconocer a alguien de mi nivel.
Rodrigo dio un paso más hacia él, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Desde la recepción, Camila observaba la escena en silencio.
—Le agradecería que me hablara con respeto, señor —dijo Mateo, manteniendo la calma.
Rodrigo soltó una risa burlona.
—¿Respeto para ti? No te confundas. Tú sirves mesas. Yo voy a dirigirlas. En cuanto consiga este puesto, el primero que voy a despedir serás tú. Así aprendes cuál es tu verdadero lugar.
Mateo bajó levemente la mirada.
—Está bien, señor. Permítame un instante. Voy a buscar al dueño.
—Hazlo. Y date prisa —dijo Rodrigo cruzándose de brazos—. Así aprendes a obedecer.
Mateo caminó con tranquilidad hacia la recepción, donde Camila lo esperaba visiblemente indignada.
—¿Cómo pudo permitir que le hablara de esa manera? —le preguntó en voz baja—. Es inaceptable.
Mateo se ajustó el corbatín con calma y sonrió.
—Déjalo que piense lo que quiera. Él cree que soy uno de los meseros. Todavía no sabe que soy el dueño de este restaurante.
Camila abrió los ojos con sorpresa.
—¿Va a dejar que siga comportándose así?
—No —respondió Mateo mirando hacia el comedor—. Pero es importante que vea exactamente cómo es él mismo antes de tomar una decisión. Ahora va a descubrir que no era él quien venía a evaluarme a mí, sino yo quien estaba decidiendo si merecía trabajar aquí.
Mateo regresó al comedor con paso firme. Rodrigo estaba sentado, mirando su reloj con impaciencia. Al verlo llegar, levantó la voz.
—¡Por fin! ¿Dónde está el dueño? No tengo todo el día para esperar.
Mateo se detuvo frente a él y lo miró directamente a los ojos.
—No necesita seguir esperando. La persona que vino a conocer está justo frente a usted.
Rodrigo soltó una pequeña carcajada.
—¿Tú? No me hagas perder el tiempo. Ve a llamar al dueño.
Sin decir una palabra más, Mateo sacó una tarjeta de su bolsillo y la dejó sobre la mesa. En ella se leía: «Mateo del Valle — Propietario y Director General».
Rodrigo tomó la tarjeta entre sus dedos. Al leerla, su sonrisa desapareció por completo. Lo miró con incredulidad, como si el mundo entero hubiera cambiado de golpe.
—Soy Mateo, el dueño de este restaurante —dijo él con seriedad—. Y durante estos minutos pude conocer algo que su currículum no muestra: cómo trata usted a las personas que considera inferiores. Eso dice mucho más de usted que cualquier título.
Rodrigo abrió la boca para hablar, pero Mateo levantó una mano suavemente.
—La entrevista todavía no ha terminado. Pero ahora es usted quien debe esperar mi decisión.
Rodrigo tragó saliva, avergonzado y silenciado por completo. Camila observaba desde la distancia, sabiendo que aquel hombre arrogante acababa de cometer el error más caro de su vida.