La luz de la tarde entraba con fuerza por las ventanas de la sala moderna, iluminando los muebles nuevos, la alfombra clara y los cuadros minimalistas que Valeria había elegido para darle un aire de lujo a la casa. Julián llegó del trabajo, con la camisa azul manchada de polvo de cemento, el pantalón de mezclilla desgastado y las botas todavía llenas de tierra. Llevaba la mochila al hombro y en la mano sostenía una bolsa pequeña con la cena que había comprado para ambos.
Se detuvo en la puerta al instante. Valeria lo esperaba de pie, en el centro de la sala, con su vestido rojo elegante, el cabello castaño largo peinado con perfección y una expresión fría que no le había visto nunca. A sus pies había dos maletas grandes, cerradas y listas para ser sacadas de la casa.
Julián dejó la bolsa de comida sobre la mesa de centro.
—¿Valeria? ¿Qué pasa? —preguntó él, con la voz todavía cansada después de diez horas de trabajo en la construcción.
Ella no le respondió de inmediato. Se cruzó de brazos y miró hacia otro lado, como si le diera vergüenza estar frente a él.
—Recoge tus cosas, Julián —dijo finalmente, con tono seco.
Él se quedó quieto.
—¿Mis cosas? ¿Por qué?
—Porque ya no vivimos más juntos —respondió Valeria sin mirarlo.
Julián sintió que el pecho se le apretaba.
—¿Cuatro años de matrimonio se terminan así, de un día para otro?
Ella soltó una risa fría.
—Tú no entiendes, ¿verdad? Yo no quiero seguir viviendo con un albañil que llega todos los días cubierto de polvo, que no tiene dinero para viajes caros ni para ropa nueva. Yo merezco algo mejor.
Julián bajó la mirada. Sus manos se cerraron en puños, pero no gritó. No quería darle la satisfacción de verlo romperse.
—¿Y ese “algo mejor” es…? —preguntó con voz baja.
Valeria enderezó la postura y una sonrisa de suficiencia apareció en sus labios.
—Es Rodrigo. Es gerente de Grupo Altamira. Gana mucho más que tú, viste traje todos los días y me puede dar la vida de lujo que me merezco.
Julián levantó la mirada lentamente. Sus ojos ya no eran de dolor, sino de una calma extraña.
—¿Rodrigo, el gerente de Altamira? —repitió.
—Sí. Ahora recoge tus cosas y te vas. Él viene a buscarme en cualquier momento.
En ese instante, Julián soltó una pequeña sonrisa. Valeria lo miró confundida.
—¿De qué te ríes? —preguntó ella, molesta.
—De nada —respondió él, mientras se acercaba a la mesa de centro y tomaba la pequeña bolsa de comida que había dejado antes—. Solo que tú no tienes idea de quién es Rodrigo en realidad.
Valeria frunció el cejo.
—¿Qué quieres decir?
Julián miró directamente a los ojos.
—Que Rodrigo no es solo el gerente… es el nuevo dueño de Grupo Altamira. Y yo soy el socio mayoritario.
Valeria se quedó sin palabras. La sonrisa de suficiencia desapareció de su rostro.
—¿Tú… tú qué?
—Sí —dijo Julián con calma—. Mientras tú te preparabas para dejarme, yo cerraba la compra de la empresa donde él trabaja. Ahora él responde a mí.
Valeria dio un paso atrás, como si el suelo se moviera bajo sus pies. Las maletas a sus pies parecieron pesar de golpe más que nunca.
—¿Y ahora qué vas a hacer, Valeria? —preguntó Julián, acercándose un poco más—. ¿Vas a seguir saliendo con el gerente… o te quedas con el dueño?
Ella abrió la boca para responder, pero no salió ninguna palabra. La imagen del traje gris de Rodrigo, su cargo de gerente y todas las promesas de lujo se desvanecieron en un segundo.
Julián tomó sus maletas y se dirigió a la puerta.
—Yo no necesito una mujer que me cambie por un cargo y un traje —dijo sin mirarla—. La vida que tú crees que mereces… ya la tienes frente a ti. Pero ya es demasiado tarde.
Salió de la casa y cerró la puerta detrás de sí. Valeria se quedó sola en la sala moderna, con el vestido rojo, el cabello perfecto y las manos vacías.