La tarde caía sobre la amplia sala de la mansión. La luz dorada entraba por los grandes ventanales, iluminando los muebles de cuero y las lámparas de cristal que decoraban cada rincón. Marcos estaba recostado en el sofá, con la postura relajada y segura; llevaba años viviendo de los bienes de su madre y no creía que nada pudiera cambiarlo. Al lado, Patricia permanecía de pie, con la cabeza alta y la mirada desafiante, convencida de que Elena nunca se atrevería a quitarles los privilegios.
Elena se mantenía de pie frente a ellos, con el rostro serio y los hombros erguidos. No había gritos en su expresión, solo una determinación que no habían visto antes.
—Adelante, Elena. Responde si te atreves —dijo Patricia con tono retador.
Elena la miró fijamente a los ojos, sin apartar la vista, y respondió con voz tranquila:
—Como quieras.
Marcos soltó una carcajada fuerte, creyendo que era solo una amenaza vacía:
—¿Cómo quiera qué, mamá? Sabes que no puedes vivir sin nosotros… y nosotros no sabemos vivir sin tu dinero.
Elena mantuvo la calma, sin dejarse desviar por su burla. Sabía que el momento que había estado preparando por meses acababa de llegar.