El sol entraba por los grandes ventanales del banco Patrimonio, iluminando los pisos de mármol y los mostradores pulidos. Don Tomás Benítez avanzó despacio por el pasillo; llevaba un abrigo viejo y una boina desgastada, y a nadie llamó la atención. En la mano sostenía una carpeta delgada, con los papeles que necesitaba para enviar dinero al hospital donde estaba su nieta.
Se detuvo frente al mostrador de atención al cliente y habló con voz tranquila y amable:
—Buenas tardes. Necesito hacer un retiro y transferir este dinero al hospital. Mi nieta está internada y necesita el tratamiento.
La empleada lo recorrió de arriba abajo con la mirada. Mantuvo una sonrisa superficial, pero su tono fue cortés y lleno de desprecio:
—Lo siento, señor, este banco es para clientes importantes. La fila de las ayudas sociales está en otro lugar, fuera de este edificio.
Don Tomás extendió la carpeta, sin perder la calma:
—Solo le pido que revise la cuenta. Por favor, mi nieta necesita ayuda.
La mujer apretó los labios y respondió de forma seca:
—Ya escuchó lo que le dije. Por favor, retírese y no moleste a los demás clientes.
El anciano guardó la carpeta, se dio la vuelta y se marchó cabizbajo por el pasillo.
Minutos después, un compañero de trabajo se acercó al escritorio de la empleada, preocupado:
—¿Qué le hiciste al hombre que acaba de salir? Lo vi muy triste.
Ella se encogió de hombros, sin darle ninguna importancia:
—Solo era un anciano sin dinero. No tenía nada que hacer aquí.
En ese momento, el gerente principal llegó caminando con pasos rápidos, el rostro alterado y alzando la voz para que todos lo escucharan:
—¡¿Qué acabas de hacer?! ¡Ese hombre es Don Tomás Benítez, el dueño de la mayor parte de este banco!
Justo detrás de él apareció otro ejecutivo, también muy indignado:
—¡Y también es quien iba a pagar el tratamiento de cincuenta niños enfermos del hospital de la ciudad!
La empleada se quedó inmóvil. El bolígrafo que sostenía se le deslizó de los dedos y cayó sobre el mostrador. No pudo decir ninguna palabra; sus ojos se abrieron de par en par, completamente en shock.
(Voz del ejecutivo, mirando hacia la cámara)
—Y eso fue apenas el comienzo. Dale clic al enlace del primer comentario para ver la segunda parte.