La mansión de Rogelio lucía tranquila esa noche. Las luces cálidas iluminaban la sala lujosa, los cuadros antiguos decoraban las paredes y el silencio solo se interrumpía por el sonido de los pasos de Valeria. Ella caminaba con determinación, llevando en las manos un maletín negro que no había estado ahí por la mañana.
Se detuvo frente a la mesa de centro, abrió el maletín y una sonrisa maliciosa apareció en su rostro. Dentro había fajos de billetes gruesos, ordenados con cuidado, y también algunos documentos importantes que pertenecían a Rogelio. Valeria tomó el teléfono, marcó un número y esperó con impaciencia.
—Bruno, ya tengo todo su dinero. ¡Esta noche nos largamos! —dijo, acariciando el maletín como si ya pudiera sentir la libertad que tanto había soñado.
Del otro lado de la línea, Bruno respondió con voz baja y cautelosa:
—¿Estás segura de que no sospecha nada? Rogelio es muy inteligente. Si se da cuenta, ambos estaremos en problemas.
Valeria soltó una risa suave, llena de suficiencia.
—Rogelio confía ciegamente en mí. Cree que soy la esposa perfecta, la mujer que nunca lo traicionaría. No tiene ni idea de lo que estoy haciendo.
En ese momento, justo detrás de ella, en la entrada de la sala, apareció Rogelio. Había llegado antes de lo previsto y, al ver la luz encendida, se había acercado en silencio. Cuando escuchó las palabras de Valeria, su rostro se transformó.
Apretó lentamente la mandíbula. Sus ojos se llenaron de decepción, pero también de una furia contenida que apenas se notaba. No dijo nada. No dio un paso atrás. Solo se quedó allí, observando cómo la mujer a la que había amado durante años planeaba robarlo y huir con otro hombre.
Mientras tanto, en la casa de Bruno, el amante de Valeria se sentaba en un sofá de cuero negro, con el teléfono pegado al oído. Llevaba una camisa negra que lo hacía ver más atractivo de lo que era, pero su mirada fría delataba sus verdaderas intenciones.
—Apúrate, amor. Ya quiero disfrutar esa fortuna contigo —dijo Bruno, fingiendo una voz cariñosa.
Valeria sonrió en la mansión, emocionada por la noticia que estaba a punto de darle.
—Y hay algo más… ¡estoy embarazada! ¡Vamos a tener un hijo!
Bruno se quedó unos segundos en silencio. Luego forzó una sonrisa y exclamó con falsa alegría:
—¡Qué noticia tan maravillosa! No puedo creerlo. Seremos una familia.
Pero en cuanto cortó la llamada, su expresión cambió completamente. Se recostó en el sofá, miró hacia el techo y habló para sí mismo con voz baja y sin piedad:
—Cuando tenga el dinero, me desharé de ella. No necesito una mujer que me complique la vida, y mucho menos un hijo que no planeé.
De regreso en la mansión, Valeria seguía buscando más objetos de valor. Ahora estaba en la habitación principal, abriendo cajones con rapidez. Ya tenía el dinero, pero sabía que el reloj de lujo de Rogelio valía una fortuna y no podía dejarlo atrás.
—¡Tiene que estar aquí ese reloj! —murmuró, revisando entre corbatas, gemelos y documentos.
Estaba tan concentrada que no escuchó los pasos detrás de ella. Una sombra se proyectó sobre el suelo de la habitación. Valeria se quedó inmóvil cuando escuchó una voz masculina que conocía muy bien:
—¿Buscas esto, querida?
Ella giró lentamente. Rogelio estaba de pie en la puerta, sosteniendo el reloj de lujo en una mano. Su rostro no expresaba rabia gritona, sino algo mucho más peligroso: decepción, frialdad y la certeza de que ya lo sabía todo.
—Escuché absolutamente todo —dijo Rogelio con voz tranquila, pero contundente.
Valeria sintió que el corazón se le detenía. Una joya que tenía en la mano se deslizó y cayó al suelo con un ruido metálico. Su rostro perdió el color. No había huida. No había mentira que pudiera salvarla.
Rogelio se acercó un poco más y la miró a los ojos.
—¿Crees que no sabía lo tuyo con Bruno? ¿Crees que no me di cuenta de que vaciaste las cuentas? Todo este tiempo te dejé hacer… para ver hasta dónde eras capaz de llegar.
Valeria intentó hablar, pero las palabras no salieron.
—Tú te creíste muy lista —continuó Rogelio—. Pero la persona que realmente planeaba todo era yo. Ahora vas a saber lo que significa jugar con alguien que no se deja engañar tan fácilmente.
La habitación quedó en silencio. Valeria miraba el reloj en la mano de Rogelio, el dinero sobre la cama y la puerta cerrada detrás de él. Sabía que ya no tenía escapatoria.
(Voz en off, con tono de suspenso)
«Pero Rogelio todavía no le había revelado su última sorpresa… La segunda parte está en el primer comentario.»