Era una tarde gris y lluviosa en la universidad, cuando el sonido de los pasos apresurados de Sofía resonaba en el largo pasillo. Llevaba varios libros abrazados contra el pecho, distraída y con prisa, cuando chocó de golpe contra alguien que acababa de llegar. Era Daniel, un joven de 24 años que apenas empezaba como estudiante nuevo en la facultad. Los libros cayeron al suelo con un sonido seco, y ambos se agacharon de inmediato para recogerlos. En ese movimiento rápido pero suave, sus manos se rozaron por un instante. Levantaron la vista al mismo tiempo y se encontraron sonriendo, como si algo en el aire acabara de cambiar.
—Creo que esta es la forma más bonita de conocer a alguien —dijo Daniel con una sonrisa que le llegó a los ojos.
Sofía soltó una pequeña risa, recuperando los libros.
—¿Siempre coqueteas con las chicas que «atropellas»? —le respondió con un toque de humor antes de despedirse y seguir su camino.
Daniel se quedó allí un momento, viéndola irse, hasta que notó que sobre el suelo quedaba algo más: una libreta de tapas sencillas que ella había olvidado. La abrió con cuidado para buscar su nombre, y al llegar a la primera página, su respiración se detuvo. Pegada allí, con una dedicatoria en la parte de atrás, había una fotografía de él mismo. La que se había tomado semanas antes, en otro lugar, cuando aún no sabía que existía ella. Daniel la miró con los ojos muy abiertos, susurrando con absoluta sorpresa:
—¿Cómo es posible?
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