El hombre de la lluvia
La lluvia caía sin descanso sobre las calles elegantes de la ciudad, transformando el asfalto en un espejo oscuro donde se reflejaban las luces de los faroles y los faros de los autos que pasaban a toda prisa. Era una noche de tormenta, de esas que parecen lavarlo todo, aunque por dentro, Isabella sentía que nada podía limpiar el dolor que acababa de clavarse en su pecho. Acababa de salir corriendo de la joyería donde minutos antes había estado eligiendo los detalles de su boda, con las notas de voz de su prometido repitiéndose una y otra vez en su mente, revelando que lo que creía amor no era más que una mentira construida sobre engaños y promesas rotas. No miraba por dónde iba; solo quería alejarse, desaparecer, que la lluvia se la llevara lejos de todo aquello. Fue entonces cuando chocó contra él.
Alejandro la sostuvo por los brazos con una firmeza que no era brusca, sino protectora, impidiendo que cayera sobre el pavimento mojado. Isabella se apartó de inmediato, con los ojos llenos de lágrimas que se mezclaban con el agua que le resbalaba por el rostro. —¡Suéltame! —exclamó con la voz quebrada—. ¡No necesito que nadie me salve! Él no se ofendió. Soltóla con suavidad y dijo con una calma que contrastaba con la tormenta que rugía a su alrededor: —No quiero salvarte. Solo evitar que te hagas daño. Había algo en su voz, algo sereno y profundo, que hizo que Isabella se quedara allí, temblando bajo la lluvia, sin saber que aquel desconocido de ojos oscuros y mirada profunda estaba a punto de convertirse en la persona que más le haría sentir… y la que más le haría sufrir.
Alejandro la condujo hasta la entrada de un pequeño café que aún permanecía abierto, un refugio cálido en medio de la noche. Le quitó su abrigo y lo colocó sobre los hombros de ella, y en ese simple gesto había una ternura que la desarmó. Se quedaron allí, bajo el resguardo del toldo, escuchando el sonido de la lluvia contra el cristal. Isabella intentó devolvérselo, pero sus manos casi se tocaron y ambos se detuvieron. Por unos segundos, el ruido de la tormenta pareció desvanecerse. —¿Por qué eres amable con una desconocida? —preguntó ella, confundida por la calidez de alguien que no tenía ninguna razón para preocuparse por ella. Alejandro miró hacia la calle mojada, como si estuviera viendo algo que solo él podía recordar. —Porque alguien fue cruel con la mujer que más amé… y yo no pude protegerla. Sus palabras no fueron dichas con dramatismo, sino con el silencio de quien ha vivido una pérdida que el tiempo no logra borrar. Isabella lo miró de nuevo, y esta vez no vio solo a un desconocido; vio a alguien que también llevaba una herida en el corazón.
Estaba a punto de despedirse, de dar media vuelta y seguir con su vida destrozada, cuando un elegante automóvil negro se detuvo justo frente a ellos, rompiendo la burbuja de intimidad que se había formado entre la lluvia y la oscuridad. El conductor bajó la ventanilla y habló con respeto: —Señor, su padre está esperando. Recuerde que mañana se casa con la señorita Valeria. Esas palabras cayeron como un trueno silencioso. Isabella se quedó inmóvil, sintiendo cómo el abrigo que aún llevaba sobre sus hombros de pronto se sentía demasiado pesado. Lo miró a los ojos, buscando que le dijera que era una broma, que no era cierto. —¿Vas a casarte? —susurró ella, con la esperanza más tonta y dolorosa latiendo en su pecho. Alejandro bajó la mirada, y cuando la alzó de nuevo, sus ojos ya no reflejaban solo dolor, sino también un secreto que lo atormentaba. —Hay algo que todavía no sabes de mí… —dijo con voz baja, y antes de que pudiera explicar nada más, la puerta trasera del vehículo se abrió lentamente, invitándolo a irse. Isabella lo vio subir, confundida y con el corazón latiéndole a mil por hora, sin saber que aquel encuentro bajo la lluvia era solo el comienzo de una historia en la que amarse sería el mayor de los riesgos.