La luz de las lámparas de cristal recorría el largo pasillo de la mansión. El ruido de los invitados que estaban en el salón principal llegaba de forma lejana, como un murmullo. Camila, con su vestido color champán y el anillo de compromiso en la mano, se acercó despacio a Inés y bajó mucho la voz.
—Escuché todo, señora Inés. La cocinera es la mamá de su hijo.
Inés dio un pequeño respingo, miró rápidamente a ambos lados del pasillo para comprobar que no había nadie cerca y apretó la mandíbula.
—Baja la voz. Si esto se sabe, no hay boda… ni dinero para tu familia. Todo se derrumbará.
Camila levantó la mano, observó el brillo del anillo y habló con duda:
—¿Por eso me regaló un anillo que no era suyo? Yo sentía que algo no encajaba.
En ese instante, Rosa apareció al final del pasillo, con su uniforme de cocinera y el delantal beige. Se detuvo al ver el anillo; sus ojos se humedecieron y dijo con voz débil:
—Ese anillo me lo regaló Don Augusto cuando yo esperaba a Emiliano.
Camila dio un paso atrás, incrédula.
—¿Entonces Emiliano es hijo de Don Augusto y de usted? Por eso tiene sus ojos, iguales a los de él.
Inés se adelantó rápidamente, se puso entre las dos mujeres y miró fijamente a Rosa con tono severo:
—Emiliano es mi hijo. Yo lo crié, le di mi apellido, le di educación y todo lo que tiene. Ella solo lo parió.
Rosa apretó los puños para contener las lágrimas que querían salir y respondió con firmeza:
—Usted le dio su apellido y una vida llena de lujos, pero yo le di la vida… y durante estos veintiséis años nunca dejé de quererlo, aunque no pudiera decirle que soy su madre.
Camila miró primero a Inés, luego a Rosa, respiró hondo y tomó una decisión definitiva:
—Él merece saber la verdad. Y hoy mismo, en el brindis de la celebración, la va a saber.