La luz del mediodía entraba por los grandes ventanales de la oficina ejecutiva, reflejándose sobre el escritorio de madera oscura. Ricardo estaba sentado detrás, pasando las hojas del currículum de Valeria con aire desinteresado. Alzó la mirada y la observó desde arriba:
—Veo que solo duraste dos meses en tu último empleo —dijo con tono de superioridad.
Se inclinó un poco hacia adelante y sonrió con ironía:
—Supongo que la estabilidad no es tu punto fuerte.
Valeria permaneció sentada con la espalda recta, sin bajar la mirada, sin dejarse intimidar. Habló con voz tranquila y clara:
—En esos dos meses reorganicé todo el departamento y logré aumentar las ventas un cuarenta por ciento.
Ricardo se detuvo, dejó los papeles sobre la mesa y empezó a escuchar con más atención.
—Y me fui —continuó ella— porque mi jefe no soportaba que yo obtuviera mejores resultados y ganara más que él.
Él levantó las cejas, sorprendido por la respuesta. Apoyó ambas manos sobre el escritorio y volvió a su actitud escéptica:
—Interesante. Cuéntame más. Aquí buscamos lealtad, no milagros.
Valeria cruzó las manos sobre sus rodillas, sonrió de forma discreta y respondió:
—Lo sé. Por eso acepté la propuesta del director general esta mañana.
La sonrisa de Ricardo desapareció de golpe. Se quedó quieto, confundido:
—¿Qué significa eso?
Valeria lo miró fijamente, sin cambiar su expresión. Después se incorporó lentamente de la silla, se puso de pie frente al escritorio y dijo con firmeza:
—Que, a partir de hoy, seré tu nueva jefa.
Ricardo se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos y sin saber qué decir.
—Y creo que ha llegado el momento de hablar sobre tu desempeño en la empresa —continuó ella.
Él bajó la mirada, con las manos cerradas sobre la mesa. Valeria permaneció de pie, serena y profesional.
VOZ EN OFF:
«La segunda parte ya está en el primer comentario.»
(Corte a negro)