El amanecer derramaba una luz dorada sobre el jardín y la superficie del lago. María estaba sentada sola en el banco de madera, hasta que Jesús se sentó a su lado y la escuchó en silencio.
—Señor, tengo miedo del mañana. Todo me sale mal y ya no sé qué hacer —dijo ella llorando suavemente, bajando la cabeza mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla. Él la miraba con compasión.
Después, con la cámara acercándose despacio a su rostro, Jesús habló con voz cálida y amorosa:
—Hija mía, no tengas miedo. Yo conozco tu camino. Confía en mí y sigue adelante.
Puso su mano suavemente sobre la de María; ella levantó la mirada, y una chispa de esperanza apareció en sus ojos. La luz del sol iluminó su rostro.
—Señor, aunque no sepa qué pasará mañana, confiaré en ti —dijo ella, emocionada.
—No temas, hija mía —respondió Jesús sonriendo.
María miró hacia el cielo con una sonrisa tranquila, mientras él permanecía a su lado. La cámara se alejó poco a poco.
«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.»
Isaías 41:10 — Reina‑Valera 1960
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