¡HUMILLÓ A SU ESPOSA SIN SABER QUE SU SUEGRO ERA MILLONARIO!

La sala de la mansión estaba llena de muebles de lujo y grandes lámparas de cristal que proyectaban luces doradas por todo el suelo. Alejandro, con su traje negro perfectamente planchado, se paseaba de un lado a otro, mientras Valeria permanecía de pie en un rincón, con el vestido beige y la mirada baja.

—Mi esposa no sirve para nada —dijo él alzando la voz, para que no quedara ninguna duda—. La mantengo por pura caridad. Si no fuera por mí, no tendría ni dónde dormir.

Las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Valeria.
—¡Alejandro, soy tu esposa! He estado a tu lado desde que empezaste tu negocio —suplicó con la voz quebrada.

En ese instante, una voz firme resonó desde la puerta principal:
—¡Hija!

Los dos se giraron de golpe. Allí estaba Don Rafael, con su camisa sencilla y su pantalón oscuro, sin joyas ni ropa elegante. Nadie hubiera dicho que era un gran empresario.

—¿Papá? ¿Qué haces aquí? —preguntó Valeria, sorprendida.
—Vine a buscarte, hija. Ya es hora de que vuelvas conmigo —respondió él con mucha ternura.

Alejandro lo miró de arriba abajo y soltó una risa burlona.
—¿Ese muerto de hambre es tu padre? No me digas que esperas que le dé dinero.

Don Rafael no se enfureció. Solo dio un paso hacia adelante y lo miró fijamente a los ojos.
—Alejandro, soy el dueño del banco que financia toda tu empresa. Cada préstamo, cada inversión, sale de mis cuentas.

Alejandro se puso pálido.
—¿Qué? ¡Eso es imposible! —tartamudeó, con las manos temblando.
—Mañana mismo mis abogados y yo revisaremos toda tu deuda —dijo Don Rafael con voz seria y firme.

Alejandro se quedó paralizado, sin poder moverse ni hablar. Valeria miró a su padre, todavía sin creer lo que acababa de escuchar.

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