La luz blanca del techo iluminaba los grandes pisos de mármol de la sucursal. Los clientes esperaban en silencio, revisando sus teléfonos o sus papeles. Por la puerta principal entró Don Esteban: llevaba la camisa vieja y manchada, el pantalón desgastado y unas botas con rasgaduras. Sobre un hombro sostenía un grueso costal de tela, que se veía pesado. Caminó despacio hasta el mostrador, sin llamar la atención de nadie, y se detuvo frente a la cajera.
—Buen día, señorita. Vengo a hacer un depósito en efectivo —dijo con voz amable y tranquila.
La cajera lo recorrió de arriba abajo con la mirada. Luego miró al hombre de traje que estaba cerca, le lanzó una mirada cómplice y ambos soltaron una risa burlona.
—¿Tú vas a hacer un depósito? ¡Mírate nada más!
Don Esteban bajó la mirada, se sintió incómodo, pero prefirió no responder.
El hombre de traje se acercó al mostrador, señaló el costal con el dedo y habló con desprecio:
—Esto es un banco, no una chatarrera. ¡Aquí no aceptamos gente como usted!
—Señor, solo quiero depositar mi dinero —repitió Don Esteban, con el dolor contenido en la voz.
El hombre hizo un gesto brusco hacia la salida.
—¡Fuera de aquí antes de que llame a seguridad!
Don Esteban apretó fuerte el costal contra su cuerpo, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta con la cabeza baja.
Cuando ya estaba a pocos pasos de salir, el guardia de seguridad salió corriendo desde el fondo del local, con paso apresurado.
—¡Señor Esteban! ¡Por fin lo encontramos!
La sonrisa desapareció de inmediato del rostro de la cajera. El hombre de traje frunció el ceño, confundido:
—¿Señor Esteban? ¿Quién es usted?
El guardia se detuvo junto al anciano y respondió con mucho respeto:
—¡El presidente del banco lleva toda la mañana esperándolo!
La cajera palideció por completo. Don Esteban se giró lentamente y los miró en silencio, sin decir una sola palabra.
(Voz en off)
«Se burlaron de él sin imaginar lo que llevaba en aquel costal. ¿Qué hará Don Esteban ahora? La segunda parte está en el primer comentario.»