Javier permanecía sentado en una vieja banca de madera frente a la casa de campo. El atardecer caía lentamente mientras observaba el terreno que había pertenecido a su familia durante generaciones.
Elena se acercó con dos tazas de café y se sentó a su lado.
—¿Tampoco quiso escucharte? —preguntó con voz tranquila.
Javier dejó escapar un largo suspiro.
—Le ofrecí asociarse conmigo y cuidar la herencia de la familia, pero Lucía lo convenció de abandonarlo todo. Está cegado por el dinero y la apariencia.
Elena tomó su mano y sonrió con ternura.
—No te culpes. Hiciste lo correcto. Algunas personas necesitan aprender las lecciones por sí mismas.
—Solo espero que no sea demasiado tarde cuando se dé cuenta de su error.
Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, Mateo conducía por la carretera junto a Lucía.
Ella revisaba su teléfono con entusiasmo.
—Ya reservé la suite presidencial para el fin de semana. Menos mal que no escuchaste a tu hermano. Imagínate desperdiciar la vida trabajando la tierra.
Mateo guardó silencio durante unos segundos.
—No lo sé. Tal vez fui demasiado duro con él. Solo intentaba ayudarme.
Lucía rodó los ojos con impaciencia.
—Olvídate de Javier y concéntrate en nuestro futuro.
Mateo miró el espejo retrovisor y recordó las palabras de su hermano.
—Me advirtió que, si no actuábamos con cuidado, podríamos perderlo todo en unos meses.
Lucía estaba a punto de responder cuando abrió los ojos con horror.
—¡Mateo, cuidado!
El estruendo fue ensordecedor.
Un enorme camión apareció frente a ellos y el automóvil se salió de la carretera.
Horas después, Mateo despertó en un hospital y encontró a Javier sentado junto a su cama.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con la voz entrecortada.
Javier sonrió.
—Los hermanos no abandonan a la familia.
Mateo bajó la mirada y comprendió que la riqueza más valiosa nunca había sido el dinero, sino las personas que siempre estuvieron a su lado.